Domingos de sopa

17 Mar

Era domingo. No uno cualquiera. Era uno de esos domingos que sigue a un sábado de esos en los que no esperas nada. Y esos son los peores.

Un sábado cotidiano en el que quedas para ver un partido de rugby. País de Gales contra Irlanda. Buen partido, sí señor. Un sábado de esos en los que después quedas con los colegas a echar un par de birras. Un plan que al principio iba a ser una cena pero que, poco a poco y después de aplazamientos varios y, finalmente cancelaciones, acaba surgiendo casi como algo forzado, como esa merluza al horno de la carta que pides con desgana porque resulta que se ha acabado el estofado de rabo de toro que tanto te apetecía y, bueno, tampoco te vas a quedar sin comer, ¿no? Total, una tarde en la que íbamos a estar tres colgados y acabamos juntando dos mesas y bebiendo en casa ajena hasta las 4 de la mañana. Lo dicho: un sábado cotidiano. Joder, ¡qué peligro tienen los putos sábados cotidianos!

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Pero volvamos al tema y, al título del post, que solo os estaba poniendo en situación. Era domingo y estaba preparándome un caldo para la resaca.

Existe una extraña convención no escrita en este pueblo que dice que cada vez que me lanzo a experimentar en la cocina(1) la peña se las ingenia para invitarse a mi casa. Había quedado yo con Alberto para echar un Gran Turismo. Hasta aquí correcto, si no tienes en cuenta que el colega llegó dos horas y media tarde. No llevaba el amigo ni dos minutos en casa cuando un whatsapp me anunciaba que tendríamos compañía. Y cuando ya estaba asumiendo que sería un domingo de trío, me llama una amiga y me dice que si “podemos ir a tu casa”(2), que más que una petición era un aviso. Así que, lo que había yo planeado como un domingo tranquilo, de sopa y recarga espiritual, acabó convirtiéndose en… bueno, creo que en un domingo tranquilo y de recarga espiritual(3). Vamos, como el sábado que os acabo de contar, pero esta vez sí, en plan de tranquis.

Así que ya sabéis, si os pasáis por Rennes, pegadme un toque o mandadme un whatsapp que quizás esté cocinando algo y nos echamos unas birras y unas partidas. Mi casa es vuestra casa. Avec plaisir🙂

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(1)Sí gente. Para mí hacer una sopa todavía es “experimentar en la cocina”. A partir de la quinta vez ya cojo confianza. Pero de momento es así. ¿Qué le vamos a hacer?

(2)Las desgracias nunca vienen solas. Vienen en grupos de dos.

(3)Pero sin sexo. Que con Alberto me llevo un rollo raro, pero con los otros no. No porque no quiera, es que no me dejan.

Eclipses y meteorología bretona.

11 Mar

Si hay un chiste con el que me he reído a carcajadas ese es sin duda el del eclipse. Una vez, a pesar que haya gente que se invente recuerdos, lo recité de memoria para la clausura de uno de esos bolos… esto, congresos de jóvenes investigadores que organizábamos en Albacete. Tardé una semana en aprendérmelo(1). Pero es que es una auténtica genialidad.

 

Y es que el próximo día 20 de marzo, tendremos la oportunidad de poder observar un eclipse de sol que será visible desde Europa. Y yo en Rennes. Que no es Seattle, vale, pero no me jodas. Una adaptación del chiste antes mencionado podría ser la siguiente:

Por orden del señor coronel, el próximo día 20, a eso de las 9:30, tendrá lugar un eclipse de sol en la Bretaña. Si hace buen tiempo, hecho que no ocurre todos los días, que formen los soldados en Place des Lices. Si llueve, el señor coronel dará las instrucciones en Place St. Anne para que el eclipse se celebre en el Ty Anna, cosa que ya es más normal.

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En Rennes la luna cubrirá casi un 80% del Sol, con lo que se me antoja bastante espectacular… ¡si es que logramos ver algo! Una vez, una bretona que siente mucho apego por su región, me “sugirió” que, y cito textualmente, “en Bretaña no llueve tanto(2). Vamos a jugar a los científicos(3) y a asumir que tal afirmación es CIERTA (todavía me río al pensarlo). Aún así, si hace un día típicamente bretón, como hoy (o como ayer, antes de ayer, mañana… ¡esto es una fiesta!), va a ver el eclipse la madre del vecino de enfrente (¡ah no!, esa tampoco), puesto que no se atisba ni un triste rayo de sol. Todo el cielo está encapotado. Gris. Hasta donde alcanza la vista, el cielo esta completamente cubierto de nubes. Y, oye, no llueve.

En definitiva, y ya para despedirme, hay más probabilidades que haga un descubrimiento de la hostia en esto de la ciencia que de poder disfrutar un poquico del eclipse de sol que se celebrará, por orden del señor coronel, en el patio del cuartel a eso de las… y blablabla.

 

(1)Hay que organizar otro bolo de esos para tener la excusa perfecta para volver a contarlo. ¿Qué queréis? Son cosas que echo de menos.

(2)También suele decir que “en Bretgane, il pleut que sur les cons“, pero vamos a quedarnos solo con la primera de las frases, y es que estos bretones interpretan la meteorología según les conviene.

(3)¡Cierto!, mola más jugar a médicos, pero este blog es apto para todos los públicos.

 

 

Josa de Cadí

2 Sep

Ens havia promès que gaudiríem de la seva presència un cap de setmana. Sabent el saque que gasta el nostre amic Ximo, nosaltres li havíem promès un bon dinar. I és, amb aquest pretexte, que avui us vull presentar el poble de Josa, situat a la cara sud de la serra del Cadí. Ja des de la carretera, abans d’arribar, t’adones que estàs davant d’un poble amb un encant particular, com sortit d’un conte de fades.

Con la excusa de una comilona exagerada que nos metimos entre pecho y espalda el pasado fin de semana, hoy quiero presentaros Josa de Cadí, uno de los pueblos con más encanto del Pirineo.  Josa está enfrente de la cara sur de la sierra del Cadí, asentado sobre una pequeña colina y coronado por una pequeña iglesia románica. Solo con verlo, a lo lejos, ya te das cuenta que es un pueblecito diferente.

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Dóna la “casualitat” que en aquest poble hi trobem ca l’Amador, un restaurant que barreja la cuina tradicional amb la cuina d’autor i que, almenys un cop a la vida, has de visitar. Tal i com manen els cànons en aquests tipus de festivals culinaris, ho vam regar amb un parell d’ampolles de vi i vam finiquitar-ho amb els cafès i una copeta per ajudar a pair els 15 plats dels que constava el menú degustació. I després, per completar el dia, una caminada fins dalt de tot del poble per visitar l’església.

Quizás por casualidad, quizás por providencia, en este pueblo de ensueño encontramos ca l’Amador, un restaurante que mezcla perfectamente la cocina tradicional con la cocina de autor. Y aprovechando la visita de Ximo en tierras pirenaicas,  allí nos fuimos a disfrutar de su menú degustación de 15 platos, acompañado de dos botellas de vino, café y copa. Por supuesto, salimos rodando del restaurante, con una extraña sensación de que no nos cabía nada más en el estómago. Para soltar un poco de lastre, nos dimos un paseo hasta lo alto del pueblo para visitar la iglesia.

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Tips i contents, vam enfilar el camí cap a la Seu, no sense abans fer una aturada gairebé obligatòria al mirador de la Traba per contemplar la caiguda del sol i descansar una estona de tanta corva. I és que després d’un àpat similar, fotre’t una hora de cotxe per carretera de muntanya no és gens recomable.

Camino de la Seu, nos paramos en el mirador de la Traba para contemplar la caída del sol y descansar cinco minutos de tanta curva. Y es que después de la comilona que nos habíamos pegado, lo de coger el coche por una carretera de montaña no es nada sano.

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Superant totes les espectatives de que aquell seria l’últim menjar del dia, encara vam trobar una mica de gana per fotre’ns una torrada als Escoberts. Però això si de cas ja us ho explico un altre dia. Bon profit.

Yo creía que esa sería la última comida del día. Pero por supuesto, nada más lejos de la realidad. Por la noche, aún encontramos fuerzas para cenar en els Escoberts. ¡Postre incluido! Todo esto me va a costar una semana de deporte intenso y duro régimen pero visto desde la distancia, que me quiten lo bailado… o mejor dicho, lo comido. Buen provecho.

El verano se va y yo también

15 Ago

Este año las vacaciones llegan un poco tarde pero, cansado ya del “verano” de Rennes, he decidido emigrar a latitudes más meridionales y a meridianos más orientales. Vamos, abajo a la derecha. No sé yo si durante este periodo de reflexión estaré en condiciones de publicar demasiado pero, en todo caso, me despido de vosotros hasta septiembre, con una última foto de una amiga que conocí ayer. Con tanto parón, esto parece más un ministerio que un blog.

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Buen verano y nos la vemos.

Una merienda exótica

12 Ago

Estar en la Bretaña francesa y no visitar el Mt. Saint Michel es como ir a Londres y no visitar el Big Ben o, peor aún, ir a Venecia y no darse un baño en el Gran Canal. Bueno, admito que quizás esta última comparación esté fuera de lugar, pero es que no todas las comparaciones aguantan un examen a fondo. Además, para ser fiel a la verdad, el Mt. Saint Michel no está ni tan siquiera en la Bretaña, pertenece a la región de Normandía. Pero eso es lo de menos.

Salimos de Rennes de buena mañana para dirigirnos, en primer lugar, al pueblo de Dinan. Al igual que muchos pueblos de la Bretaña (sí, este está por la zona), las casas de madera y las calles empedradas del casco antiguo le dan un encanto particular. Dinan, además, cuenta con una muralla que data de una época en que la especie humana tenía por costumbre arremeter contra todo aquél que viviera en el país vecino. E incluso en el propio país*. Lo dicho, muy recomendable seguir el antiguo camino de ronda por encima de la muralla. Las vistas son espléndidas.

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Después de comer cerca del río, discutir acerca de danza y deporte y tener nuestros más y nuestros menos con el camarero, nos fuimos dirección norte, al pueblo de Cancale. Si algo no podéis dejar de hacer en Cancale es visitar el mercadillo de ostras que montan cerca del puerto. Las venden en docenas de 13 (¡yo qué sé!). Y, claro, ya que estás, ¿cómo no vas a comprar una botellita de vino blanco para que bajen mejor? Pues eso.

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Así que, con la “docena” de ostras y nuestro vinito debajo del brazo, nos fuimos para el Mt. Saint Michel a merendar y a deleitarnos de la caída del sol con un paisaje tan espectacular como ese.

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El Mt. Saint Michel se enclava en un promontorio rocoso en la desembocadura del río Couesnon, que separa Bretaña de Normandía, donde encontramos un imponente conjunto arquitectónico construido a lo largo de los siglos en torno a la abadía de Saint Michel, que da nombre al monte.

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Cuando nos íbamos, el sol se ocultó detrás del mar como si quisiera despedirnos con su mejor número. Mi reloj biológico, acostumbrado a latitudes más meridionales, calculó que rondarían las 21:00h, cosa que entraba bastante en conflicto con el hambre atroz que estaba empezando a sentir. Entonces me di cuenta de dos cosas. Una, que las puestas de sol en Bretaña pueden darse tranquilamente a las 10 de la noche y, dos, que estábamos sin cenar.

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*Este afán por intentar acercar puntos de vista, ha evolucionado hasta nuestros días de manera que los ejércitos de tipos que gritan mucho y blanden al azar espadas y hachas de guerra, se han sustituido por nuestra querida y siempre bien vestida clase política, con sus discursos vacíos, leyes oportunistas y ansias de globalización. De todos modos, si la cosa pasa a mayores y hay necesidad de desempolvar algún artilugio del arsenal de guerra, entonces tienden a llenar la prensa y los boletines informativos con mensajes patriotistas y un grito a la unidad. 

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